3/21/2014

LOS INDIGENAS Y LOS ABUSOS COMETIDOS EN LA COLONIA


Este artículo es un extracto de un trabajo investigativo que se está realizando en el Sígsig desde la época colonial hasta nuestro tiempos; por tanto en esta sección se sintetiza de manera breve el proceso sufrido de los indígenas tras la llegada de los conquistadores españoles y el posterior proceso de colonización, pues los efectos económicos, sociales, políticos y culturales que se generaron fueron extraordinariamente complejos.
En las distintas fuentes documentales existen ejemplos de represión violenta y una serie de irregularidades que se cometieron por parte de los “blancos” curas y caciques, en contra de los indígenas al tratar de hurtarles las tierras y sobre todo en la explotación del trabajo específicamente en la mita minera. Por ejemplo a inicios de la colonia la zona de Santa Bárbara (lo que hoy es Sígsig) formó parte del territorio de la encomienda de Tomebamba de don Diego Sandoval quien había venido con Alvarado (1538-1540). Posteriormente estos territorios pasaron a ser parte de la encomienda de Rodrigo Núñez de Bonilla (1540-1570). Para esta época por medio de la mita minera se extrajo una gran cantidad de oro pese a todas las dificultades implícitas. Pedro de Valverde y Juan Rodríguez, oficiales de Real Hacienda de Quito, aseguraron, el 30 de diciembre de 1576, que en estos lavaderos trabajaron antes de que se fundara la ciudad de Cuenca, de dieciocho a veinte cuadrillas, cada una de las cuales tenia de cincuenta a ochenta indios que llevaban su comida, desde su propio pueblo, situado a treinta, cuarenta y más leguas.  
 
“…la comida entraba cargada por indios e indias y eran cargas pesadísimas de maíz. Se las llevan 30 y 50 leguas a cuestas. Esto ha causado la muerte de muchos indios. La dificultad de meter la comida hacía que esta fuera escasa y se les deba de comer poco o nada a los indios. Siendo la tierra enferma, el trabajo diurno y nocturno y la mala comida, las cosas mal hechas e estrechas, el poco dormir en el suelo, causó grandes muertes en el río de Santa Bárbara.” (Archivo General de Indias, (A.G.I) Sección 5ª Francisco de Aucinbay, 1587).
 
El trabajo desempeñado en el río Santa Bárbara para la extracción de oro fue arduo, se anota que para 1548, cada cuadrilla sacaba de 2000 a 3000 pesos diarios. Tanta fue la cantidad de indígenas que laboraba en el asiento minero de Santa Bárbara que le ameritó, el Obispo de Quito, al clérigo que atendía en la iglesia Mayor de Cuenca, para que fuera a decir misa a los mineros que trabajaban allí” (Chacón, 2001).
Los lavaderos de oro de Santa Bárbara por su cruel situación se convirtieron en una súplica para los indígenas mineros, obligándoles a permanecer en el agua, durante meses enteros, malamente retribuidos y peor alimentados. A raíz de esta situación en 1552 el Virrey Don Antonio de Mendoza mandó despoblar estas minas, orden que tal vez por su temprana muerte aquel mismo año, no se cumplió, o no se aplicó y se mantuvo con rigor; pues el sucesor Don Andrés Hurtado de Mendoza en el primer año de su virreinato y antes de que Gil Ramírez Dávalos funde (1557) en aquella misma región la ciudad de Cuenca, hizo abandonar una vez más las minas de Santa Bárbara.
A parte de esta inhumana actitud los curas y caciques –kurakas– se convirtieron en cómplices de los abusos de autoridades. Se sabe que los caciques fueron personajes importantes, en torno al cual se mantenía la organización indígena; es así que cumplían la función de intermediarios entre el estado colonial español y sus respectivas comunidades, razón por la cual estuvieron exentos de pago de tributos y de ser asignados a los trabajos de mita, por ejemplo los caciques que ganaban una remuneración anual de unos 400 pesos, no pagaban tributos ni estaban entre los elegibles para ser mitayos. De allí, que desde temprano, los caciques fueron aliados indiscutibles del poder peninsular -muchas veces- en contra de los propios intereses de su comunidad. Estudios especializados sobre los caciques –kurakas–, los describen como personajes temidos, respetados y con doble autoridad política y religiosa y cuya legitimidad se basaba en el linaje de sangre del fundador de la comunidad.
En consecuencia, la posesión de dichos privilegios sobrellevó a una clara inclinación por mantener su poder y control para obtener los beneficios que le correspondía. Los Caciques en consecuencia del constante descenso de la mano de obra, así como el incremento o de la falta de revisiones anuales de las tasaciones de las encomiendas, se vieron obligados a demandar tributos y otros servicios.
En un documentos se menciona que: “…Don Lorenzo Nugra cacique cobrador de los indios de Sigse de la parcialidad de Burin: pide que se obligue a Don Esteban Puglla a trabajar por 6 meses de oiarico, por no haber, y se niega (por que dice) que ha sido alcalde de esta ciudad y debe descansar…” (ANH/C 116-559). En otro manuscrito se comisiona a Gabriel Salinas residente en el Sígsig, para que basado de la facultad que se le confiere haga que los Caciques, Gobernadores y Alcaldes Maiores del Pueblo de Sígsig, puntualice los servicios de Indios Viaricos, e semaneros, para que presisa y puntualmente concurran a esta Ciudad, para que se actúen las obras… Se les da esta Comisión con autoridad del señor Teniente General, quien a los españoles les pone pena de cinquenta pesos y a los indios cincuenta azotes y pelo fuera…” (En Segarra, 2003:232).
De este modo, se generó un cierto malestar frente a esta figura que se erigía como nuevo opresor, es así que no todos los indígenas aceptaron la nueva soberanía hispana sustitutiva de la incaica, razón por la cual a muchos de los indígenas se les acusaba frecuentemente de ser ociosos e inconstantes y pronto también de consumir alcohol en exceso y de ser ladrones. De algunos mitayos de servicio se decía que trabajaban mal y poco y hasta se pidió que se les rebaje sus remuneraciones.
El siglo XVII fue testigo de numerosas quejas propiciadas por los indígenas, en las que se reclamaba a las autoridades españolas, el cumplimiento efectivo de las preeminencias que por su status les correspondían, frente a eventuales atropellos que sufrían por parte de los caciques. En un documento de 1680, se lee que los indios Francisco, Francisca y Juan Duta sostuvieron pleito contra Sebastián Nugra, todos de la parcialidad de Burin, encomienda del Capitán Antonio de Lugones y Mercado, y sujetos al cacique de Sígsig D. Joseph Puglla, sobre la posesión de los sitios de Sumbray y Sabalul. El capitán D. Juan Blanco de Alvarado, Alcalde ordinario de Cuenca y Juez comisionado por el General Miguel de Noroña, Corregidor y Justicia Mayor de dicha ciudad, dictó la siguiente sentencia:

“Fallo que los dhos. Francisco duta, Francisca duta, Joan duta y demás sus hermanos, y en nombre de los suso dichos duta y demás sus hermanos en la posesión que tienen de las dichas tierras o sitios de Sumbray y Sabalul, desde el camino que va para el pueblo de gualaseo para la parte de auajo hasta el río de Santa Baruara, reservando las tierras que pertenecen a Luis Saquinaula… quedando como quedan todas las demás tierras que caen desde dicho camino que va para el dicho pueblo de Gualaseo para arriba para el dho. Sebastián Nugra y demás indios caciques de la dha. Parcialidad de Burin” (En: Segarra, 2005: 25-26).

Siete años después el mismo cacique de Sígsig D. Joseph Puglla en agosto de 1687 puso en venta un solar con una casa que la Comunidad de Indios tenía en la plazoleta de Usno, junto a Pumapungo que servía de albergue para los Indios de Sígsig que iban a prestar el servicio de uyaricos. Sin embargo a pesar de todos los reclamos el expresado cacique se convirtió en heredero y dueño del solar. El abuso cometido provocó las reclamaciones pertinentes por parte de Da. Francisca Yubra el 11 de octubre de 1692, india del Pueblo de Sígsig:

“…en dicho mi pueblo viven y asisten cuatro indios nombrados D. Joseph Puglla, Lorenzo Nugra, D. Diego Sánchez, caciques nombrados a falta de propietarios, y Bartolomé Nugra, indio del quinto, los quales de absoluto poder y de sus authoridades vendieron doce quadras de terreno tocantes y pertenecientes a la comunidad…a Esteban Brito mestizo, sólo para aplaudir a Manuel de Ortega, Escribano del Cabildo de la ciudad de Cuenca, que es quien acaudilla al dicho Esteban Brito…para celebrar la escriptura hicieron un convite de brindis y embriagados otorgaron dicha escritura…los dichos caciques nombrados hacen lo que quieren como absolutos dueños, pues aun dentro del Pueblo han vendido muchas tierras constituyéndose dueños, y los indios a quienes tocan y pertenecen si quieren hacer su casa, se les demuele el dicho D. Joseph Puglla y adjudica las tierras a mestizos que asisten en dicho Pueblo…” (En: Segarra, 2005: 25-26).

En 1705, las epidemias y el hambre azotaron a los pueblos de la comarca azuaya, lo cual impelió a los indígenas a huir, de suerte que los pueblos sufrieron disminuciones y decadencias. Con tal motivo, en todo el virreinato se practicó una retasa, menos en Cuenca, donde al contrario, se recargó a los sobrevivientes de trabajos y tributos, según la reclamación que realiza el cacique del Sígsig D. Diego Sánchez Fuera, quien expone el hostigamiento que reciben sus indios por parte del Corregidor, del Fiel Ejecutor, del Cabildo y su procurador. Al traslado de esta queja, en nombre del Procurador del Cabildo de Cuenca contesta D. Antonio Tafur de Valenzuela y Córdova, manifestando que el cacique quejoso tiene empeñado un indio en cien pesos, y al argumento de que en el Sígsig no había indio que atendiera las mitas por haberse ausentado, replica:

“…la causa de ausentarse los dichos indios es por las continuas molestias y vejaciones que le hacen los mismos caciques y gobernadores pidiéndoles continuos camaricos, pongos, haziéndolos trabajar sin paga en sus chácaras y sementeras, obligándoles a que les lleuen leña, paja, aues y no lo haciendo castigándoles con rigor, amenazándolos con la Doctrina, con la Mitta y otras opresiones…” (En Segarra, 2005:28)

A más de las quejas formuladas hacía de los kurakas, los indígenas expusieron graves denuncias contra las diversas autoridades religiosas. En efecto, en un documentos de 1772, se lee que el protector de naturales del común de indígenas de San Bartolomé denuncia al cura Vicente Ramírez por los excesos cometidos: 

“…que traen graves inconvenientes a los indios por su miseria y por que se encuentran gravemente tiranizados estos miserables indios… Los obliga a trabajar en sus tierras y en la de sus parientes sin permitirle trabajar sus propias tierras, para cobrarle el tributo a los que no tienen, les quitan sus capisayos y mantas, lligllas y paños, en la iglesia, a las indias solteras y casadas durante la semana les obliga a hilar algodón y hacer chicha para luego venderla: al igual que la limpieza de su vivienda y la iglesia, además de otras actividades para las cuales les retiene el domingo, sin pagar los salarios que ofrece, por cuenta del medio real de cera de monumento” (ACA/C 552).  

Para 1790, los alcaldes de Sígsig, pedían al Gobernador de Cuenca la confirmación de sus privilegios, pues se hallaban bajo la amenaza del cura que los quería utilizar en actividades mecánicas.
Son innumerables los escritos en donde se denuncia la explotación del indígena en varios tipos de trabajo como el artesanal, agrícola, ganadero, servidumbre familiar y el minero, que sin ser mano de obra especializada fueron convertidos en mitayos, sin respetar la edad y el sexo; todo valía para la extracción del oro o de la riqueza para otros.
El tiempo, el lugar y las condiciones de trabajo fueron impuestos y en muchas de las ocasiones no se les pagaba, por eso no es exagerado decir, que algunos muros de los templos de España, el sostenimiento de sus guerras, el desarrollo de su economía y el fervor católico, se financiaron gracias al sudor y a la sangre de los indígenas. 

2/05/2014

LOS CERROS Y LAGUNAS EN LA COSMOVISIÓN ANDINA


La mayor parte de información disponible sobre la religiosidad andina proviene de las crónicas y fuentes etnohistóricas, pues en la actualidad no existen evidencias materiales, quizá por la destrucción de templos y objetos rituales, a raíz de la conquista española. 
Las montañas y lagunas como elementos de veneración y parte fundamental de la cosmovisión entre los pueblos prehispánicos, constituye un tema recurrente entre los investigadores. Los cerros y lagunas son considerados un lugar sagrado en cuyo interior se atesoran los mantenimientos que los dioses brindan una y otra vez a los seres humanos.
Por tanto, con este estudios se ha intentado demostrar como las lagunas y los cerros son percibidos en el sistema de creencias andinas y el uso oracular particular que Ayllon y Fazayñan tuvieron entre los aborígenes kañaris, a partir de su ubicación geográfica particular en la Cordillera Oriental.
Se sabe que las altas cumbres y lo profundo de las lagunas eran concebidas como moradas de las deidades y los espíritus ancestrales y por su naturaleza especial, eran objeto de tributo y adoración. Entonces montañas y lagunas ocupan un lugar de privilegio en las creencias y prácticas rituales que pueblan el mundo andino. Las altas cumbres son concebidas como moradas de deidades atmosféricas y espíritus de los ancestros, a los que se cree íntimamente relacionado con la fertilidad y las lluvias. Las lagunas cumplen una importante función en el mantenimiento de la vida en los Andes, que es la de reservar la preciosa humedad dispensada por las montañas. El agua, concebida como la sangre de la vida agrícola andina. Es por ello que el culto a las montañas relacionado con la fertilidad y la lluvia tiene antigüedad milenaria en la cordillera de los Andes. El culto a las montañas y lagunas ha sido denominado "El fundamento principal de la cultura andina", al proporcionar una unidad cultural subyacente a los pueblos andinos.
Su antigüedad es obvia, ya que los rasgos básicos del culto a las montañas y lagunas se han encontrado a través de todo los Andes, ha sido señalado en las fuentes históricas más tempranas y en las leyendas, está basado en sólidas observaciones ecológicas y se ha mantenido hasta el día de hoy con muy pocos cambios a pesar del proselitismo Cristiano.
Para quienes habitaron esta zona -los kañaris- la montaña es un espíritu divino que tiene un gran poder para la vida de los hombres que habitan en su entorno, es el "Apu", cuyo significado andino es que son los espíritus tutelares de los antepasados protectores, es por eso que se le reverenció con rituales. Los “apus” “no solo eran proveedores de las lluvias fertilizantes, sino también decidían sobre la vida y muerte y eran generosos donadores de riquezas, pues en sus entrañas se laboraba el oro y otros metales preciosos” (Moreno Yánez, 2007: 175).
Así las montañas y lagunas se convierten en símbolos y lenguajes que expresan el vínculo entre el mundo de los espíritus y mundo terrenal. Se trata de signos y códigos que integran el territorio como unidad espacial mítica y real, que da validez a la idea de centro del universo establecidas por nuestras culturas prehispánicas.
Tanto la laguna de Ayllon como el cerro Fazayñan o Huacayñan –según González Suárez– fueron pacarinas o adoratorios eminentes de los kañaris. “los Cañaris adoraban como á una divinidad particular al cerro Huacay-ñan, y una laguna que se halla hacia los términos de la provincia del Azuay en la gran Cordillera oriental sobre el pueblo de Sigsig, porque suponían que de allí habían salido sus progenitores, y le hacían sacrificios, arrojando á ella oro en polvo y otras cosas, en varias épocas del año” (González Suárez, 1969:145).
Según lo expuesto para Aldem Yépez los mitos de origen de la cultura Cañari que enfatizan la transformación de la serpiente y las guacamayas en seres humanos, nos permite pensar en un sistema religioso practicado por los sacerdotes de la región de Sigsig (y probablemente del país Cañari), según la cual éstos adquirían las características perceptivas y anímicas de las huacas consultadas. Las huacas de Fazayñan y Ayllón resultaban en una suerte de oráculo. Los héroes fundadores (Elíade denomina “héroes civilizadores”, 1981: 59) de los mitos de origen (guacamayas y serpiente) dan un caráctertotémico particular al cerro y a la laguna, en tanto que los rasgos geográficos en la percepción andina colocan a cerro y laguna como centros del mundo (“omphalus-i”), una concepción territorial diferente a la concepción occidental moderna. (Yépez, 2010:124).
En este sentido los cerros y lagunas aparecen como el lugar de morada de los Apus, Yayas o Taitas, quienes encarnan los antepasados míticos de los aborígenes. Por tanto la laguna de Ayllón como el cerro Fazayñan, a pesar de que se encuentran en puntos geográficos muy diferentes, fueron percibidos dentro del sistema de creencias andinas, y parece ser el sentido religioso básico de la cosmovisión kañari.
La territorialidad simbólica sagrada de nuestros pueblos prehispánicos ha permanecido en la actualidad en la memoria tradicional, establecida mediante las mitologías que explican los acontecimientos y particularidades originales de la historia y la cosmogonía de los pueblos, en la que se organiza y se delimita el mundo natural, social y espiritual. Así la mitología se acerca a la conceptualización de los sistemas simbólicos que representan las concepciones de las formas reales establecidas en la geografía y evidenciadas en la sacralización de espacios específicos que conforman la estructura del espacio y territorio sagrado.
En la actualidad estos espacios mantienen unas relaciones que permiten no solo, mantener el equilibrio de las energías, si no que regulan las acciones y reaccione s de los humanos en el territorio, validado a través del pensamiento ancestral como principio básico de una dinámica y unas lógicas inmersas en la diversidad.


BIBLIOGRAFIA

·      ASTUDILLO, Hugo.
2008. “Sígsig: Políticas para la protección de su patrimonio Cultural” Tesis previa a la obtención del Título de Licenciado en Ciencias de la Educación, Especialización Historia y Geografía. Universidad de Cuenca.

·      FUENTES DE AVILA, Francisco
1636 “Sobre desagüe de la laguna de Santa Bárbara (título atribuido)”. AGI/Q. Cedularios 209,L.2,F.103R-103V.

·      GONZÁLEZ SUÁREZ, Federico.
1904. “Prehistoria Ecuatoriana”

1922. “Estudio histórico sobre los cañaris, antiguos habitantes de la provincia del Azuay en la república del Ecuador” Universidad de Cuenca.

      MORENO YÁNEZ, Segundo
2007 “Ofrenda sacrificial al Guagualzuma” II Congreso ecuatoriano de antropología y arqueología. Balance de la última década: aportes, retos y nuevos temas. Quito: Abya Yala

·      YÉPEZ, Alden.
2011. “Prospección subacuática en una laguna de altura, Ayllón (cantón Sigsig)” Informe final. Consultor INPC. 


1/09/2014

Los kañaris y los santuarios de altura


El concepto de espacio y territorio sagrado fundamentan y sustentan la esencia del pensamiento andino, sugiriendo nuevas miradas y nuevas dinámicas de los estudios  territoriales. Esta perspectiva advierte las distancias y las aproximaciones de las estructuras sociales y organizativas de estos grupos. Esta racionalidad nos permite permanecer y proteger los territorio a través de su legado histórico cultural, como lo es la visión cosmogónica que caracteriza su pensamiento, desde donde hacen explícita las explicaciones de contexto como parte de la realidad y de la vida, estableciendo simultáneamente la lógica que sustenta la existencia del espacio y el territorio sagrado dentro de la dinámica de la diversidad.
En este sentido, para comprender la gran relación que tenemos con el entorno, es necesario comprender la historia del pueblo que nos antecedió, es decir la historia del pueblo kañari, la misma que básicamente inicia desde uno de los mitos de origen; una de las más antiguas referencias acerca de este mito la encontramos en la “Relación de fábulas i ritos de los ingas” de Cristóbal de Molina correspondiente a la segunda mitad del siglo XVI, pues se sabe que éste llegó al Cusco en calidad de párroco y consecuentemente escuchó o tuvo noticias de kañaris que fueron llevados por Túpac Yupanqui y Huayna Cápac en calidad de mitmakuna. 
Es muy probable que Molina haya utilizado para la redacción de su fabula como fuente de datos principales las entrevistas o conversaciones con los kañari del Cuzco. De hecho se sabe que éstos vivían en el barrio de “Carmenca”, perteneciente a la parroquia de Santa Ana y que mantuvieron sus privilegios y status por lo menos hasta mediados del siglo XVII.
A continuación transcribimos el mito de origen de los kañaris contado por Cristóbal de Molina el mismo que ha sido transcrito casi literalmente por Pedro Sarmiento de Gamboa en 1572 y reproducido de igual madera por el padre Bernabé Cobo en 1653, claro que con algunas divergencias entre el uno y el otro.
“En la provincia de Quito está una provincia llamada Cañaribamba, y así llaman los indios por el apellido de la provincia, los cuales dicen que al tiempo del diluvio, en un cerro llamado Huacaynan, que está en aquella provincia, escaparon dos hermanos en él, y dicen en la fabula que como yban las aguas creciendo, yba el cerro creciendo, de manera que no les pudieron enpeçar las aguas, y que allí después de acavado el diluvio y acavándoseles la comida que allí recoxieron, salieron por los cerros y balles a buscar de comer y que hizieron una muy pequeñita casa en que se metieron, a do se sustentavan de rayces y yervas, pasando grandes trabajos y hambre y que un día, aviendo ydo a buscar de comer, queando a su casilla volvieron, hallaron hecho de comer y para beber chicha, sin saber de dónde ni quién lo huviese hecho ni allí traydo; y que esto los acaeció como diez días, al cavo de los cuales trataron entre sí querer ver y saber quien les hacía tanto vien de tanta necesidad; y así el mayor dellos acordó quedarse escondido y vio que venían dos aves que llaman aguaque, por otro nombre llaman torito, y en nuestra lengua las llamamos guacamayos. Venían vestidas como cañares y cabellos en las cabeças, atada la frente como agora andan; y que llegadas a la choça, la mayor de ellas vido el yndio escondido, y que se quitó la llicta, que es el manto de que usan, y que empeçó a hacer de comer de lo que trayan, y que como vido que eran tan hermosas y que tenían rostros de mugeres, salió del escondrijo y arremetió a ellas; las quales, como el yndio vieron con gran enojo se salieron y se fueron bolando, sin hazer ni dexar este día que comiesen. Y uenido que fue el hermano menor del campo que avía ydo a buscar que comer, como no hallase cosa aderezada como los demás días solía hallar, pregunta la causa de ello a su hermano, el cual se la dijo; y sobre ello uieron gran enojo; y así el hermano menor se determinó a quedarse escondido hasta ver si volvían. Y al cabo de tres días boluieron las dos guacamayas y empeçaron a hazer de comer y que como viese tiempo oportuno para coxerlas, entró al tiempo que vido que ya avían hecho de comer; arremetió a la puerta y cerróla y cogiólas dentro, las quales mostraron gran henojo y así asió a la menor, porque la mayor, mientras le tenía a la menor, se fue. Y con esta menor dicen tuvo acceso y cópula carnal; en la qual, en el transcurso del tiempo, tuvo seis hijos e hijas, con las cuales vivió en aquel cerro mucho tiempo sustentándose de las semillas que sembraron, que dicen que trajo la huacamaya, y destos hermanos y hermanas, hijos desta huacamaya que se repartieron por la provincia de Cañaribamba, dicen que proceden todos los Cañares; y así tienen por huaca el cerro llamado Huacaynan y en gran veneración a las Huacamayas; y tienen en mucho las plumas dellas para sus fiestas…” (Cristóbal de Molina, 1989 [1575]:55-56. En: Alden Yépez, 2010:117).
De la misma manera, en el sistema cosmogónico de los Kañaris, se atribuye el nacimiento de la primera pareja humana a una gran culebra, probablemente esta creencia tenga influencia Chimú. “Los Kan-are, descendientes de la culebra formaron numerosas tribus y pueblos repartidos en valles y sierras y cuando ocurrió el próximo eclipse, trataron desagraviar a la luna y buscaron a su madre la culebra para rendirle homenaje. Mas la culebra en su huída y deslumbrada por la luz de la luna en la superficie de las aguas de la laguna, arrojase a ella y sumergiose en el fondo sin volver a la superficie. Los Kanáres, sus descendientes levantaron adoratorios a la luna en las cimas de los montes altos y a la culebra, ofrendas de oro y comida y bebida en la laguna (según la tradición serían las lagunas en las que sumergióse la culebra leoquina. Shinshin, llamada después laguna de Ayllón.)” (Domínguez, 1999:36).
Sabemos por algunas fuentes que por el año de 1548 don Pedro de Ayllon, Don Diego Vargas y don Fidelio de Neiva tres aventureros que buscaban tesoros, minas y riquezas se enteraron de que una laguna había sido arrojado tesoros, esa laguna se llamaba Simshan, estos tres ambiciosos trataron de rescatar estos tesoros que se dice estaban en el fondo de la laguna, el más aventurado se sumergió y fue absorbido por la laguna y no salió, después regresaron los dos viajeros con la noticia y desde entonces comenzó a llamarse la laguna de Ayllon, que se conserva hasta la actualidad. 
González Suárez con respecto a la creencias de los kañaris menciona: “Los cañaris se creían descendientes de una culebra, grande y misteriosa, la cual finó sumergiéndose ella misma voluntariamente en una laguna solitaria de agua helada, que se halla sobre el actual pueblo de Sigsig, en la Cordillera Oriental de los Andes. Esta laguna era para los cañaris del Azuay un lugar sagrado, y un santuario; y en ofrenda a la culebra que les había dado el ser, acostumbraban arrojar al agua figurillas pequeñas o idolillos de oro” (Gonzales Suárez. 1922).
Los Kañaris profesaban suma veneración a las lagunas, las cuales para ellos eran lugares sagrados y objeto de superstición y de culto religioso, por creer que allí se había sumergido voluntariamente la culebra progenitora de los kañaris. Este mito a más de ser atractiva, parece que en el fondo guarda una realidad que puede ser evidente, pues en Zhabalula se encuentra una cabeza de culebra labrada en piedra, con los ojos y boca bien patentes.
Para González Suárez eran tres las lagunas sagradas y adoratorios, consideradas por las distintas parcialidades Kañaris como pakarinas (lugar de origen). “…La laguna conocida antiguamente con el significativo nombre cañari de LEOQUINA, es sin duda ninguna, la que hoy se llama laguna de Busa y está cerca del pueblo de San Fernando… La otra laguna se le conoce con el nombre de culebrillas, y está en las hondonadas del nudo del Azuay…La tercera la laguna sagrada, objeto de culto para los Cañaris era la que está en la cordillera oriental sobre el pueblo de Sígsig; por documentos antiguos merecedora de crédito, consta que la laguna que ahora lleva el apellido de AYLLON era el lugar sagrado para los antiguos Cañaris” (Gonzales Suárez. 1922)
Sin embargo, la pregunta que surge en torno a esta cultura, a pesar de que los kañari es, entre todas las antiguas naciones indígenas del Ecuador la más estudiada ¿De qué tronco étnico arranca los kañaris?
González Suárez, quien por muchos años estudio detenidamente a la cultura kañari, sostuvo que la provincia del Azuay fue poblada antiguamente por tribus diversas, y que al pasar el tiempo llegaron a formar una sola nación conocida en la historia con el apelativo de kañari, los mismos que no pertenecen todos a la misma rama étnica y que su confederación estaba formada por agrupaciones que procedían de troncos étnicos distintos. “Con el apelativo de cañaris se designa en la prehistoria ecuatoriana una nacionalidad, y no una raza: los cañaris constituían una nación, regida y agrupada, mejor dicho, por una alianza federativa; pero no eran todos oriundos de la misma raza…” (González Suarez, 1904:14).
Así mismo, se ha pensado que colonias Chimús han contribuido a la formación de la nación kañari. La habilidad de los Chimús en el laboreo de las minas, comparada con los primitivos habitantes de Sígsig, su análoga manera de sepultar a los muertos, el parecido de la cerámica, la semejanza del artificio en la confección de sus telas de vestir, y la identidad de la homofonía de algunos nombres de lugares, han conducido al Dr. Matovelle a este planteamiento; además indica que la nación de los kañaris se formó por la yuxtaposición de tribus de razas distintas, idiomas y procedencia opinando finalmente que el origen de los kañaris es múltiple, pero dio primacía a la cultura Chimú. (Matovelle, 1921:25).
Se habla, al propio tiempo de que los Chibchas, pueblos de la meseta de Cundinamarca, en Colombia, reverenciadores de las lagunas, como los kañaris, diciéndose de los primeros que, por Barbacoas y Santo Domingo de los Colorados, se avanzaron para acá del nudo de Tiocajas; y no deja de insinuarse que aún las culturas o civilizaciones de Tiahuanacu, de allende el lago de Titicaca, en Bolivia, y de Nazca, en la región peruana de Ica, han sido halladas en las Comarcas kañaris.   El señor Jesús Arriaga da mayores visos de probabilidad a la venida de los Caribes a esta región; y lo hace fundándose en la abundante copia de voces, ya Caribes y ya kañaris, todas homófonas o poco menos, que trae en su libro de Apuntes de Arqueología Cañar: En su interpretación de la palabra kañari concluye, a que lo lleva también el hecho de que el punto conocido en Panamá con la denominación de Corte de la Culebra llámase Sierra Cañara, como se asegura en la Geografía Universal de Vidal de la Blache. Descomponiendo el vocablo, se tiene que can significa culebra y ara, guacamaya, precisamente los animales de que, en sus ritos totémicos, se creían descendientes los kañaris. (Arriaga, 1922).
Por simple analogía de nombres, el religioso dominicano Fray Domingo de los Angeles, que en 1582 ejerció la cura de almas de los pueblos de San Francisco de Paccha  y San Bartolomé de Arocxapa, expresa que se llaman cañares los habitantes de esta región, debido a que en ella abunda el árbol denominado cañaro.  
Gonzales Suárez por su parte realiza una significación más de acuerdo con las costumbres aborígenes: “Conjeturamos que el apellido de cañari no pertenece ni a la lengua quechua ni a la aymará, y lo interpretamos como un vocablo compuesto propio del idioma quiché; en cuyo supuesto, cañari sería lo mismo que Can-ah-ri, que significa estos son de la culebra… nuestra interpretación concuerda con las tradiciones de los Quichés, en los cuales a cada paso ellos se daban a sí mismo el nombre de hijos de la culebra”
El Dr. Octavio Cordero Palacios al respecto opina que el vocablo kañari es de origen quechua, que solo aparece después de la conquista incaica, significando vanguardia, porque esta región llegó a quedar al norte o sea a la vanguardia del imperio del Cuzco…” (En: Monografía del Azuay, Por Luis F. Mora y Arquímedes Landázuri, 1926)   
Con base en las fuentes etnohistóricas españolas tempranas se conoce que la cultura kañari estuvo ampliamente dispersa en el austro ecuatoriano, en lo que actualmente es la provincia del Azuay y Cañar (“Relación” de Cuenca y de toda su provincia, 1992 [1582]: 373-374), llegando incluso al norte hasta la cuenca del Chanchán, en la actual provincia de Chimborazo. El área ocupacional de la cultura kañari comprendía un inmenso territorio en el cual se afianzaron libres y valerosos, sujetos a las condiciones del medio geográfico y en donde se dedicaron a construir su organización social. Limitaba por el Occidente, con el Pacifico: por el sur, pasaba del nudo de Saraguro: por el Norte, probablemente llegaba hasta este lado del Azuay: por el Oriente, avanzaba las comarcas montañosas habitadas por lo jibaros (González Suárez, 1968:161).
En un estudio mas reciente realizado por Jaime Idrovo considera que la etnia o nación cañari tuvo como escenario de vida un extenso territorio, parte del cual hoy llamamos hoya Cuenca-Azogues. Este conjunto, limitado hacia el este y oeste por la cuenca amazónica y la costa pacífica respectivamente, se cierra bruscamente al norte en el nudo del Azuay, en tanto que al sur lo hace en el área de San Lucas-Saraguro, habiendo constituido el espacio de un proceso histórico muy importante en la formación de una de las personalidades étnicas mejor expresadas en todo el sur del Ecuador. (Idrovo, 2000:39).
Las hoyas de los ríos Cañar, Paute y Jubones, al parecer estaban marcando una subdivisión del territorio Cañari en tres sectores: “Hatun Cañar” (cuenca del río Cañar), el “Tomebamba” (cuenca del río Paute) y el “Cañaribamba” (cuenca del río Jubones).
Al sur del nudo del Azuay, es decir en el limite norte más claro de la expansión de la cultura kañari, hasta Zaruma la geografía se caracteriza por tener hoyas profundas rodeadas por montañas no tan elevadas como en la vecina subregión septentrional. De hecho las dos cordilleras de los volcanes, tan característicos en el septentrión andino, son reemplazadas por “ondulaciones monótonas o mesetas volcánicas altas, entre 3.600 y 4.700 m.” (Moreno Yánez, 1983: 96).
Existen dos depresiones interandinas ubicadas bajo la cota de 2.600 m. (Sievers, 1994: 397) y que corren de noreste a sureste, como en líneas paralelas: la depresión Cuenca- Santa Isabel y la depresión Gualaceo-Nabón-Saraguro. Esta geografía con rocas eruptivas antiguas que sobresalen por encima de los 3.130 m. (Sievers, 1994: 397) en gran medida fue el paisaje que inspiró a los aborígenes del austro andino a venerar a las huacas y, posiblemente en épocas posteriores, al parecer motivó a los incas a apoderarse al menos de los puntos sagrados más conocidos de la cultura Cañari.
En este dilatado espacio –anota Juan Cordero– existían de veintiuna o veinticinco comunidades o tribus, o tal vez más. El Padre Juan de Velasco los enumera con sus antiguos nombres o con los nuevos tomados de palabras castellanas. Si a ello sumamos los correspondientes a muchas localidades no consideradas por él, algunas de ciertas proporciones y otras tal vez solo pequeños ayllus, tendríamos más. Hoy persisten casi todas en el Azuay y en Cañar y en algunos lugares de vecinas provincias. Hemos sumado todas y la lista es larga: Achupallas, aimales, alucies o alausíes, amancayes, aroxapas (San Bartolomé), atun cañar o (hatún cañaris), bajanas, bambas, bolos, burgayes, burines, cabules (el Cabo), cachibambas, cañaribambas, (Yunguilla), cibambis, cinubios, cojitambos, cóllanles, copsíes, cozabambas, cumbes, cumbipircas, cuyes, chanchanes, charasoles o charabsoles, chaullabambs, chocares, cholaguanes, chordeleges, chunchis, chunllines, chuquimarcas, chuquipatas, delegseños, dummas, fungas, gañas, gañelbambas, guabsis, gualaceos, gualleturos, guaneras, gunales, guapanes, guapdondelegseños, guaraineños, guasuntos, guaichas, guritavas, hatmales, huiracochabambas, huagibambas, hazmale (Guachapala), jadanes, jimas, labatas, leguanes, leoquinas, ludos, maceos, macazas, machángaras, manganes, manes, maras, mastas, maxcalandas, mollepungos, molleturos, nultis, oñas, pacaibambas (Girón), pacchas, panes, paxis, payguaras, pautes, peleusíes, pichicayes, pilcomarcas, pillacayes, pixilies, puezares, pimancayes, pindiligceños (o Macas, una toponimia que se repite varias veces), plateros, pucarás, pumallactas, quilloacenses, quingeos, racares, regdelegceños, sabuines, salquinchíes, sanganoas, sanllas, saquicelas, sayausíes, siccis, sides, (o San Juan de Gualaceo), sidcayes, sisides, tadayes, tamalannechas, tarcanes, tarquis, tiquizambis (quiznas, jubales y zulas), togtesíes, tomebambas, tutamasis, ucubambas, yunauces, yunguillas, zagdelgos. Toda esta lista fue elaborada por Juan Cordero y sus colaboradores a partir de los nombres recogidos por Juna de Velasco, Octavio Cordero y los esposos Costales Peñaherrera. (Cordero, 2007:169).
Aunque podemos considerar a los kañaris como un grupo único con unidad cultural, no conocemos con seguridad si tuvieron una autoridad superior reconocida por todos. Sin duda, la base de la estructura social fue el ayllu, identificado como una célula humana con ancestros y propiedades comunes y cada uno tenían una autoridad conocida como cacicazgo o en una palabra mas andina curacazgo, los cuales eran modelos de organización social y política basadas, no en un determinado territorio, si no en la relación de parentesco entre diferentes ayllus.
El kuraka, verdadero señor, además de ejercer autoridad política ostentaba un prestigio chamánico, al ser considerado el principal descendiente de los ancestros reales o míticos del grupo social. En el caso de un conflicto armado, era usual la elección de un kuraka de guerra, cuya autoridad militar era temporal y respondía únicamente a un estado de emergencia, como es el caso del kuraka Duma que hizo frente a la invasión inka.   
Lumbreras menciona que los kañaris fueron guerreros asociados a grupos tribales con jefes locales y, aparentemente, sin forma ninguna de poder central. (1999:329)
A esto, acota Domínguez “La confederación Cañare en sus divisiones del Cañar de Arriba –hanasayas– y los cañares de abajo –hurinsayas- contaban con los noventa y cuatro pueblos distribuidos en diferentes lugares y gobernados por un cacique principal, en el centro de mayor organización y desarrollo; y otros caciques, señores cañares, jefes de los pueblos pequeños o de las tribus organizadas. Los centros principales eran Lausi, Cañar, Pueleusi, Guapondeleg, Gualaxio, Paute, Girón, Cicçe(Domínguez, 1999:51).   
Con estos referentes sabemos que la nacionalidad Kañari estaba muy bien organizada bajo diferentes parcialidades con su respectivo kuraka, pero vale la pena mencionar que cada parcialidad veneraba a dioses tutelares, mas la culebra y la guacamaya, tótem comunes, recibían el culto de la nación entera.
Un esbozo de carácter general sobre los kañaris y sus costumbres, realizado por Cieza de León se entiende que:
“los naturales desta provincia, que han por nombre los cañares, como tengo dicho, son de buen cuerpo y de buenos rostros. Traen los cabellos muy largos, y con ellos dada una vuelta a la cabeza de tal manera, que con ella y con una corona que se ponen redonda de palo, tan delgado como aro de cedazo, se ve claramente ser cañares, porque para ser conoscidos traen esta señal. Sus mujeres, por lo consiguiente, se precian de traer los cabellos largos y dar otra vuelta con ellos en la cabeza, de tal manera que son tan conoscidas como sus maridos. Andan vestidos de ropa de lana y de algodón, y en los pies traen ojotas, que son (como tengo otra vez dicho) a manera de albarcas. Las mujeres son algunas hermosas y no poco ardientes en lujuria, amigas de españoles. Son estas mujeres para mucho trabajo, porque ellas son las que cavan las tierras y siembran los campos y cogen las sementeras, y mucho de sus maridos están en sus casas tejiendo y hilando y aderezando sus armas y ropa, y curando sus rostros y haciendo otros oficios afeminados. (…) Las casas que tienen los naturales cañares, de quien voy hablando, son pequeñas, hechas de piedra, la cobertura de paja. Es la tierra fértil y muy abundante de mantenimientos y caza. Adoran al sol, como los pasados. Los señores se casan con las mujeres que quieren y más les agrada, y aunque éstas sean muchas, una es la principal. Y antes que se casen hacen gran convite, en el cual, después que han comido y bebido a su voluntad, hacen ciertas cosas a su uso... El hijo de la mujer principal hereda el señorío, aunque el señor tenga otros muchos hijos habidos en las demás mujeres. A los difuntos los metían en las sepulturas de la suerte que hacían sus comarcanos, acompañados de mujeres vivas, y meten con ellos de sus cosas ricas, y usan de las armas y costumbres que ellos. Son algunos grandes agoreros y hechiceros; pero no usan  el pecado nefasto ni otras idolatrías, mas que de cierto solian estimar y reverenciar al diablo, con quien hablaban los que para ellos estaban elegidos” (Cieza de León, 1962: 144-145: en Idrovo, 2000:68-69)  
En las diversas fases culturales de la cultura kañari, la industria artesanal alcanzó importantes logros tecnológicos, como por ejemplo, en la cerámica, a través de la cual se diagnostica en buena medida sus avances en sus fases Tacalzhapa y Cashaloma; En el tejido cuya análisis de trama, finura y decorado encontrados en varios yacimientos arqueológicos se evidencia el conocimiento de varias técnicas y el uso de fibras tanto animales (camélidos), como vegetales (algodón); En la industria lítica existen abundantes piezas, las mismas que comparten formas comunes con las de otros pueblos. La cultura kañari gracias quizá al trafico de la concha spondylus, cobre, plata y conjuntamente con el del oro procedentes de los ríos orientales, desarrolló sofisticadas técnicas de orfebrería. En la metalurgia donde los kañaris sobresalen –escribe González Suárez– tenían conocimiento del oro, de la plata, del cobre y del estaño; poseían además el secreto de la aleación de estos metales en una proporción tan acertada, que formaban instrumentos de un temple capaz de suplir los de hierro y los de acero, por lo fuerte y resistible de ellos. La habilidad artística en el manejo de los metales como el oro, plata, cobre y la mezcla de oro con cobre “tumbaga”, se ha hecho presente en un sinnúmero de objetos encontrados en las diferentes huacas a finales del siglo XIX y mediados del siglo XX....Continua...

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